Oyeme, Señor,
porque apacible es tu misericordia;
mírame conforme a la multitud
de tus miseraciones."
Salmo 69: 16
"Entonces alabaré el nombre de Dios
con cánticos, y lo honraré
con acción de gracias."
Salmo 69: 30
Este alegórico salmo histórico de súplica refleja la fidelidad del pueblo de Israel a su Dios Jehová durante los duros tiempos de asedio, destrucción, caída y luego cautiverio del pueblo hebreo por parte de las fuerzas adversarias pertenecientes al reino de Babilonia.
Ante la dolorosa experiencia de ser un prisionero
En este relato el salmista sufre la dolorosa experiencia de ser un prisionero del poder enemigo como indudablemente se encontraba su nación: "Estoy hundido en cieno profundo, donde no hay pie..." (Salmo 69: 2); "Sácame del lodo, y no sea yo anegado; sea yo libertado de los que me aborrecen, y de lo profundo de las aguas. No me anegue el ímpetu de las aguas, ni me trague la hondura, ni el pozo cierre sobre mí su boca" (Salmo 69: 14 - 15).
En tiempos antiguos existían espacios subterráneos que eran utilizados como reservorios de agua al igual que como calabozos para arrojar allí a los presos. Durante la sequía, el suelo de estas mazmorras quedaba cubierto de lodo a veces con excremento. El individuo ahí aprisionado no podía ni sentarse ni permanecer de pie, quedando atrapado con una parte de su cuerpo sumergida. También estas prisiones tenían una entrada que se cerraba empleando una gran piedra redonda; cuando los oficiales de guardia la cerraban el detenido en la fosa permanecía totalmente a oscuras, sin casi aire, excluido de toda interacción humana o posibilidad alguna de escapar.
En épocas de lluvia, desde luego que el nivel del agua subía en estas estructuras localizadas bajo tierra lo que obligaba al reo a permanecer de pie o flotando en la oscuridad para no fallecer por ahogamiento: "Sálvame, oh Dios, porque las aguas han entrado hasta el alma...la corriente me ha anegado" (Salmo 69: 1 - 2).
Como un ser afligido clama a su Señor en medio de una angustia o desesperación absoluta, ya que en nadie encuentra una expresión de solidaridad: "La afrenta ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado; y esperé quién se compadeciera de mí, y no lo hubo; y consoladores, y ninguno hallé" (Salmo 69: 20); "En cambio de comida me dan veneno y me ofrecen vinagre para la sed" (Salmo 69: 21).
La experiencia carcelaria estaba desprovista de cualquier tipo de afectividad o consideración humana; tan solo a quienes se les permitía podían recibir ayuda alimentaria por parte de amigos o familiares. A los prisioneros de guerra condenados así se les negaban completamente los auxilios humanitarios, los conducían a la muerte por inanición, deshidratación, o les daban alimentos en descomposición, comida con heces o líquidos amargos.
Sin embargo, pese a no hallar respuestas inmediatas a su terrible aflicción el reo conserva la integridad de su espíritu al acudir al refugio de la presencia de Jehová Sadday, el Todopoderoso, su esperanza, su ayudante, el Vencedor que nunca le falla a sus fieles aunque se sientan casi hundidos: "Porque el Señor oye a los menesterosos, y no menosprecia a sus prisioneros" (Salmo 69: 33).
Una brillante visión en medio de la agonía del presidio
Si hay algo que debemos aprender ante este tipo de experiencias es, sin duda, a primeramente no abandonarse ante los estados de soledad absoluta que nos pueden producir terceros concientemente, con la intención de que quedemos presos en el alma sin que nadie se apiade de nosotros. Aún en la peor experiencia de encierro personal a la que se nos haya inducido busquemos en Dios todas las salidas por venir: El es grande, sensiblemente misericordioso y puede lograr con su poder sobrenatural que quede sin efecto real cualquier propósito de destrucción, aislamiento, desolación o desconsuelo en nuestras vidas.
También el Padre eterno tiene la hermosa visión de un brillante futuro para sus seguidores; sus pensamientos son trascendentes, liberadores, bondadosos, restauradores, luego de haber trascendido con Su ayuda las pruebas vividas.
A Jerusalén la anheló nuevamente habitada, y a las ciudades de Judá reedificadas, con sus lugares desolados levantados, con la infinita alegría de los humildes: "Los humildes verán a su Dios en acción y se pondrán contentos; que todos los que buscan la ayuda de Dios reciban ánimo" (Salmo 69: 32); "Pues Dios salvará a Jerusalén y reconstruirá las ciudades de Judá. Su pueblo vivirá allí y se establecerá en su propia tierra" (Salmo 69: 35).
Duinka Leal

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